Por qué repites con tus hijos lo que no querías repetir (y no es culpa tuya)

Por qué repites con tus hijos lo que no querías repetir (y no es culpa tuya)

Te lo has prometido mil veces.

Que no ibas a ser como tu madre. Como tu padre. Como esa versión de adulto que te hizo daño cuando eras pequeña y no podías defenderte.

Lo tienes clarísimo. Lo sientes con una certeza absoluta. Y aun así, hay días en que te escuchas a ti misma y algo se te congela por dentro.

Ese tono. Esa reacción desproporcionada. Esa impaciencia que no entiendes de dónde sale cuando tu hijo solo está siendo un niño. Esa voz que juras que nunca ibas a usar.

Y después viene la culpa. Enorme. Aplastante.

¿Por qué sigo haciendo esto si no quiero hacerlo?

Lo que nadie te ha explicado todavía

No lo haces porque seas mala madre. No lo haces porque en el fondo seas como ellos. No lo haces porque no quieras cambiar.

Lo haces porque llevas dentro una herida que todavía no ha sanado. Y las heridas que no se tratan no desaparecen. Se quedan. Y tarde o temprano, hablan.

El problema es que muchas madres no saben que están heridas.

No porque no hayan vivido cosas difíciles, sino porque llevan tanto tiempo conviviendo con las consecuencias que ya no las reconocen como consecuencias. Las han normalizado. Las han integrado en su día a día como si fueran parte de su personalidad, de su carácter, de cómo son ellas.

¿Te suena algo de esto?

Vives con una ansiedad de fondo que no recuerdas cuándo empezó. Te cuesta dormir, o cuando duermes no descansas. Tienes dolores musculares que van y vienen sin una causa clara. Hay días en que una tristeza que no sabes nombrar se instala y no se va. Tu cuerpo está permanentemente tenso, como esperando algo.

Y si has ido al médico, probablemente te hayan hablado de estrés. De depresión posparto. De la carga mental. De los problemas de pareja. Y puede que algo de todo eso también sea cierto.

Pero hay algo que casi nadie te dice: todo eso tiene un origen mucho más profundo. Y ese origen tiene nombre. Se llama herida de infancia sin sanar.

Tu cuerpo recuerda lo que tu mente quiere olvidar

Cuando eras pequeña y vivías en un entorno donde el maltrato, el abandono emocional, la exigencia sin fin o el miedo eran lo cotidiano, tu cuerpo aprendió a protegerse.

Se puso en alerta. Siempre vigilante. Siempre listo para reaccionar antes de que el golpe llegara, antes de que la situación se descontrolara, antes de que te hicieran daño.

Ese mecanismo de defensa te salvó en su momento. Literalmente.

Pero el problema es que tu cuerpo no sabe que ya no estás ahí. Que ya eres adulta. Que ya no necesitas esa armadura para sobrevivir.

Sigue funcionando en modo alerta. Sigue interpretando situaciones cotidianas como amenazas. Y cuando tu hijo llora sin parar, cuando no obedece, cuando el caos del día se acumula, tu sistema nervioso reacciona como si estuviera en peligro. No porque lo esté. Sino porque aprendió a hacerlo así y nadie le ha enseñado todavía que puede relajarse.

Por eso gritas cuando no querías gritar. Por eso te desbordan situaciones que sabes, racionalmente, que no son para tanto. Por eso a veces sientes que pierdes el control de una forma que no te explicas.

No eres impulsiva. No eres mala madre. Eres una madre herida que todavía no ha tenido la oportunidad de sanar.

Lo que más duele: que se ha normalizado tanto que ya no se ve

Hay algo especialmente duro en todo esto, y es que cuando creciste en un entorno donde ciertos comportamientos eran lo habitual, los integraste como normales. No como algo que estaba mal. Como algo que simplemente era así.

Y eso hace que hoy, cuando los repites, no siempre lo veas. No porque no te importe. Sino porque para reconocer algo como dañino, primero tienes que haberlo experimentado como tal. Y tú lo experimentaste como cotidiano.

Hay madres que gritan a sus hijos cada día y no se detienen a pensar en el impacto que eso tiene, no porque no les importe, sino porque en su casa siempre se gritó y nunca nadie lo cuestionó. Hay madres que se exigen a sí mismas y exigen a sus hijos de una forma que agota, porque aprendieron que el amor había que ganárselo. Hay madres que no saben cómo gestionar las emociones de sus hijos porque nadie gestionó las suyas cuando eran pequeñas.

No es maldad. Es una herida que se transmite porque nadie la paró antes.

Por qué una madre que sana cambia mucho más que su propia vida

Aquí es donde quiero que te detengas un momento.

Porque esto que estás leyendo no es solo sobre ti. Es sobre algo mucho más grande.

Cuando una madre sana su herida, no solo cambia su forma de reaccionar. Cambia la relación con sus hijos. Cambia el ambiente en su casa. Cambia lo que sus hijos aprenden que es normal, lo que es el amor, cómo se tratan las personas entre sí.

Y esos hijos, cuando sean adultos y tengan sus propios hijos, van a criar desde un lugar completamente diferente. Sin la mochila que tú llevabas. Sin los patrones que tú rompiste.

Piénsalo así: lo que tú decides sanar hoy no afecta solo a tu vida. Afecta a la de tus hijos, a la de sus hijos, y posiblemente a la de sus bisnietos.

Así de grande es lo que se rompe cuando una madre decide parar.

Así de poderosa eres tú en este momento.

El primer paso no es cambiar cómo tratas a tus hijos

Sé que suena contraintuitivo. Pero es la verdad.

El primer paso no es aprender técnicas de crianza consciente. No es leer más libros. No es prometerte otra vez que vas a hacerlo diferente.

El primer paso es mirarte a ti misma. Reconocer que llevas heridas. Entender de dónde vienen tus reacciones. Y darte la oportunidad de sanar lo que todavía duele.

Porque cuando eso cambia, todo lo demás cambia solo. No con esfuerzo. No con fuerza de voluntad. Desde dentro.

Eso es exactamente lo que trabajamos en Decidiendo Ser Libre: una comunidad de madres que han decidido que su historia no va a ser la historia de sus hijos. Que están sanando, criando y aprendiendo juntas. Porque este camino es mucho más fácil cuando no lo haces sola.

Si algo de lo que has leído hoy te ha resonado, es porque ya sabes que algo tiene que cambiar.

Y eso, de por sí, ya es el principio de todo.

Facebook
WhatsApp
Twitter
LinkedIn

Comunidad Decidiendo ser Libre

Una comunidad para madres que han decidido que su pasado ya no define cómo crían a sus hijos. Sanamos nuestra historia para transformar la de ellos. Aunque parezca difícil. Especialmente entonces.

Scroll al inicio